viernes, 28 de enero de 2011

Existen otras vías



El puente protagonista de la imagen vio pasar a la famosa y recordada "Maquinilla". Se encuentra ubicado a en una de las puertas de salida (o de entrada, según se mire) del antiguo Cerco Industrial de Peñarroya y sobre el antiguo trazado del ferrocarril Peñarroya-Puertollano, que en su momento circunvalaba Pueblonuevo.

Muchos testigos orales recuerdan todavía este popular y peculiar ferrocarril de ancho ibérico. Construido en 1884 por la Compañía de Ferrocarriles Andaluces (CFA), "La Maquinilla"  fue, durante décadas, el medio de transporte preferido por los obreros para desplazarse al complejo fabril de Peñarroya-Pueblonuevo y a las minas de carbón más productivas de la cuenca del Guadiato. Mi abuela, María Segador, me cuenta cómo los viajeros, belmezanos y peñarriblenses en su mayoría, se colgaban con habilidad funambulista de los vagones colmatados por la gente para acudir a las corridas que se celebraban en la plaza de toros de Belmez y a los derbis futbolísticos. También para disfrutar de las fiestas que se daban en honor a las patronas de estas dos villas hermanas.

Los vagones no eran sino un gigantesto asidero con ruedas del que se enganchaban los valientes viajeros, hasta construir auténticos castillos humanos móviles con argamasa metálica.

El "ferrocarril hullero" (nombre técnico de "La Maquinilla" desde 1907) y sus restos, comparte junto al Peñarroya-Puertollano una historia común de olvido y abandono por parte de la sociedad civil del Guadiato, en primer lugar, y por nuestras administraciones, después. Y también si, quisiéramos, si quisieran, podría ser transformado en Vía Verde.

Un buen comienzo es, sin duda, la adquisición y compra por parte del Excmo. Ayuntamiento de Peñarroya-Pueblonuevo de los terrenos del Cerco Industrial, incluyendo todos sus edificios y chimeneas. Entre ellos  aparecen, por supuesto, restos del ferrocarril de vía estrecha (una caseta) y la plataforma de este tren carbonero, la cual, de norte a sur, atraviesa todo el sitio histórico como una cremallera. Las fotografías reflejan mejor que yo lo que escribo.





Al igual que la vía estrecha, cuyo trazado urbano ha sido transformado en un fantástico vial que es usado por vehículos, ciclistas (carril bici), senderistas "quemagrasa" o por simples ciudadanos se podría aprovechar el antiguo trazado de "La Maquinilla" en el interior del Cerco para construir una vía de comunicación (con carril bici, por su puesto) que conectase la carretera de la Estación con la Ronda Sur. De este modo conseguiríamos, en primer lugar, conservar nuestro patrimonio ferroviario y, en segundo lugar, dotar a este inmenso espacio de una infraestructura fundamental para su desarrollo.

Con  la esperanza de que nuestros sabios gobernantes encuentren el equilibrio entre el desarrollo urbanístico de esta zona y la adecuada conservación de sus restos, material ferroviario incluido, lanzo esta humilde propuesta. Si alguien tiene otra idea le agradecería que la plantease. El debate es el mejor antídoto contra la estupidez.
 
¡Sigue leyendo esta entrada...!

miércoles, 19 de enero de 2011

El día en que La Granjuela fue Villar del Río

Imagen de la película "Bienvenido Mister Marshall".1953
Seguro que todos hemos visto u oído hablar de "Bienvenido Mister Marshall", considerada una de las mejores películas del cine español de todos los tiempos. Berlanga, grande entre los grandes, supo retratar como nadie la miseria de aquel país destrozado por la guerra y la dictadura, un país ensimismado, que creía en la lluvia caída del cielo, en el "que inventen ellos" o en el "Dios proveerá ". Si a ello sumamos la dificultad  para superar los potentes filtros de la censura franquista (1953) el filme se convierte en toda una gesta cultural.

Hace unos días, mi querido amigo José Antonio Torquemada, siempre dispuesto a satisfacer cualquier curiosidad o duda sobre la la historia de nuestro ferrocarril me envió la crónica del diario "El defensor de Córdoba" referida al paso del Rey Alfonso XIII por la Estación de La Granjuela (en la foto):

            En este momento, nueve de la mañana, acaban de pasar por esta línea, con dirección a Sevilla y Cádiz los Reyes Don Alfonso XIII y Doña Victoria Eugenia. Sabido es que los Monarcas han tenido que hacer el viaje por este camino de hierro a causa de que los daños ocasionados por los temporales han interceptado por varias partes la línea que habitualmente se utiliza.

            Con el fin de cubrir el paso del tren regio, en la tarde de ayer llegaron numerosas fuerzas de la benemérita, las cuales fueron alojadas en casas particulares.

            Mucho antes de la hora de la llegada del tren real, el pueblo se estacionó en la explanada de la estación de los ferrocarriles.

            A la mencionada hora, el silbato de la locomotora indicó el inmediato paso del tren y el público en masa gritaba sin cesar: ¡Vivan los Reyes!, ¡Viva Alfonso XIII!, ¡Viva la Reina hermosa!

           El tren especial pasó con tal velocidad que no tuvimos tiempo de poder apreciar nada.

Es genial el paralelismo que encontramos entre la crónica relatada por el corresponsal de La Granjuela y aquella escena de la pelicula en la que el coche oficial que transporta la delegación del Plan Marshall (fondos de ayuda al desarrollo patrocinados por el Gobierno norteamericano para frenar la expansión del comunismo soviético en Europa occidental, así como favorecer el consumo mundial de productos estadounidenses, una especie de colonización económica y tecnológica) pasa de largo entre los cánticos  de la muchedumbre de Villar del Río ("Os recibimos americanos con alegría, olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía. Americanos, vienen a España gordos y sanos, olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía") y ante la mirada perpleja de todas las fuerzas vivas, con su Alcalde (Pepe Isbert) a la cabeza.

Ahora lo entiendo. El cronista no era el corresponsal del "Defensor de Córdoba". El auténtico cronista era Berlanga... pero de toda una época.

¡Sigue leyendo esta entrada...!

viernes, 14 de enero de 2011

La conservación del Patrimonio: una actitud personal.



Solemos reservar la palabra patrimonio para referirnos a grandes monumentos de la antiguedad y recintos  que, por su relevancia histórica, han sido protegidos por el Estado o las Comunidades Autónomas para su conservación. Esa actitud, no sé si fomentada por el turismo de masas o el programa de televisión  "Españoles por el mundo" nos lleva ocasiones a subestimar, cuando no menospreciar, pequeñas construcciones de nuestro entorno más próximo, edificios que se ven desposeídos de las características que los hacen únicos por no estar debidamente valorados, catalogados y/o reconocidos por nuestras autoridades. En algunos casos la transformación  ha sido tan agresiva que, a veces, es preferible la ruina del sitio para que, al menos, "conserve" parte de su esencia.

A lo mejor no lo saben, pero estamos rodeados de patrimonio de un valor incalculable: Patrimonio industrial, pero incalculable. Y, sin embargo, vemos como desaparece delante de nuestras narices, cuando no lo hacemos desaparecer en nombre de nuestro gusto caprichoso, como un sano y democrático ejercicio de libertad de expresión.

Es cierto que el  industrial ha sido considerado históricamente el hermano pobre de todos los patrimonios; algo así como un patrimonio de segunda división. No obstante, no podemos negar nuestra parte de responsabilidad, como ciudadanos, en la preservación de lugares históricos propios. El hecho de que las autoridades no hayan sabido o no hayan podido preocuparse por nuestras construcciones del pasado no nos exime del deber individual por conservarlas.

Conseguir que nuestros espacios sean reconocidos como lugares de interés cultural, social o histórico requiere, en primer lugar, de la protección y el respeto de la gente que vive aquí. Así y solo así nuestro patrominio tendrá una oportunidad para sobrevivir.


¡Sigue leyendo esta entrada...!

miércoles, 5 de enero de 2011

Una de reyes



..."En los andenes de la Compañía de Ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante esperaban las autoridades de Pueblonuevo del Terrible, comisiones de escuelas, la Banda Municipal de Música (que al entrar el tren en agujas inicio la Marcha Real), el Real Centro Filarmónico de Pueblonuevo del Terrible y el pueblo en masa para ofrendar el tributo de su amor a nuestro valiente y simpático sobrerano.

Tan solo unos minutos paró el Tren Real, lo que aprovechó nuestro inteligente y muy digno alcalde D. José Pedrajas Fuentes para besar la mano real y saludarle en nombre de Pueblonuevo y decirle que en todos los pechos de estos honrados obreros late el mismo sentimiento de cariño de vivir unos días y horas al lado de nuestro augusto Rey, el cual se ofrece a visitarnios muy pronto y por unos días"...


... El Tren Real paró en la Estación de Peñarroya a las 9 horas y 17 minutos de la mañana, cuando se dirigía hacia Sevilla para visitar las zonas afectadas por las inundaciones producidas por los fuertes temporales, que habían provocado el cierre de la línea Madrid-Córdoba, y a Cádiz para asistir a un acto castrense. Luego se detuvo el Belmez para realizar el obligado cambio de locomotora al entrar en la línea de Ferrocarriles Andaluces, donde el Rey fue cumplimentado por la autoridades y ovacionado por el pueblo que le esperaba y continuó el viaje a Córdoba. 

Visita de su Majestad el Rey Alfonso XIII a Peñarroya y Belmez. 15 de Marzo de 1917. "Peñarroya-Pueblonuevo: recuerdos e historia". Jerónimo López Mohedano.

Puesto que estamos en vísperas de Reyes he pensado que esta era una buena ocasión para contar una historia relacionada con la monarquía y nuestro ferrocarril. El tren era el medio de transporte más rápido y seguro al que se podía aspirar en un país atrasado, analfabeto y hambriento, como lo era la España de aquel entonces. Y, como no, el Rey Alfonso XIII, abuelo de Don Juan Carlos I, no era la excepción. El avión, inventado en 1903 por los hermanos Wriht todavía no era competencia para el ferrocarril y comenzaba a ser aplicado, junto al Zeppelin, por las grandes potencias industriales de la época en los primeros bombardeos aéreos de la historia humana, durante la I Guerra Mundial.

He aquí pues, un testimonio de que los Borbones, aunque solo fuese por casualidad, también dejaron su huella en la memoria de nuestros abuelos y tatarabuelos gracias al ferrocarril.

Hoy, 93 años después de la última visita Real, es difícil que esas vías vuelvan a traernos a un Rey o Príncipe. Ya no estamos unidos con Córdoba por ancho ibérico, como tampoco pasan trenes de viajeros, ya sean patricios o plebeyos. Tan solo trenes de mercancías y esporádicos convoyes militares. Nuestros monarcas viajan en  un AVE que, indiferente y altivo, pasa de largo por territorios vecinos. Van tan rápido que seguro que ni saludan al pasar. Son las cosas de progreso caprichoso, que, como la lotería, toca donde le parece.


Tampoco existe, físicamente ya, la Estación de Belmez, pasto quizá de la gestión modélica de los tecnócratas de ADIF, y como no, de nuestra apatía como ciudadanos, incapaces de defender los pedazos de nuestra historia.

No se en qué medida nos han robado el futuro. Ojalá fuera economista para justificar la tesis. Pero lo que es evidente es que no podemos permitir, ni una vez más, que borren nuestro pasado a golpe de excavadora.

Les deseo unos felices Reyes, que colmen sus ilusiones materiales. Yo les he pedido un Vía Verde. Aunque, como ponían en los anuncios de antaño, su precio es superior a 5.000 pesetas. A ver si cuela...
 
¡Sigue leyendo esta entrada...!

sábado, 1 de enero de 2011

Recuerdos del tren


... Cruzamos el pueblo y nos llevaron a otra estación, no menos triste, no menos negra, donce había otro tren, pero de vía estrecha, Era el ferrocarril minero. Habían cargado algunas mercancías que me parecieron cajas de municiones, sacos llenos de pan o de patatas, garrafas de no sé qué y sólo faltábamos nosotros. Subimos y el tren arrancó.


El trayecto fue corto. Nos alejábamos del pueblo hacia unas cumbres que debían ser las de Sierra Morena. A los 10 o 20 minutos el tren giró a la izquierda y paró en un apeadero que se llamaba Cámaras Altas. Aquellas cumbres me intrigaron desde que las vi. Habíamos estado dos horas subiendo y tenían que ser las de Sierra Morena; por tanto, allí debían estar las trincheras. Nunca me imaginé que se llegara a las trincheras en tren. Al otro lado de la vía estaban unos soldados cargando en acémilas algunas cosas que sacaban del tren  y que luego se alejaron por una carretera que partía de allí mismo.




Aproveché para bajar del vagón, ir detrás del apeadero y mirar las cumbres. A mi izquierda empezaba una montaña que formaba un arco que ocupaba la mitad izquierda del paisaje. Por su falda se veía la vía que a continuación iba a recorrer el tren y que la subía hasta un tajo excavado en su cresta, por donde se metía y pasaba a la otra vertiente. Esto se veía en el centro del paisaje. Luego la cresta subía y formaba una cumbre rocosa como un castillo.Después volvía a bajar y su perfil me lo ocultaba otro monte, al lado derecho del paisaje.


Antes de que la vía del tren llegara al tajo, se veía en ella un vagón cisterna parado y junto a él una casita. Desde aquella casita hasta el apeadero donde estábamos había un camino. Supuse que el tren se detenía allí, donde estaba el vagón cisterna y que en la otra vertiente de aquellas crestas se encontraban las trincheras.


Terminada la descarga, el pequeño tren reanudó su marcha. Giró a la derecha y, resoplando, empezó a subir por la ladera de la montaña hasta llegar al vagón cisterna donde el maqninista lo paró, hábilmente, a solo unos centímetros de distancia. A la derecha de la vía estaba la casita que era una construcción de ferrocarril y ahora el puesto de mando del batallón al que íbamos destinados. Salimos del vagón a una pequeña explanada que había junto a la casita e inmediatamente salieron el comandante y un par de oficiales a recibirnos, al tiempo que el tren retrocedía y se marchaba, llevándose el vagón cisterna. Al marcharse el tren pude ver la cresta del monte tras la que debían estar las trincheras. Mientras miraba la ladera de la montaña y el sargento que nos traía hacía entrega de nosotros, se fueron acercando, poco a poco, los que iban a ser nuestros camaradas...

 "En el frente de Peñarroya 1937". Eduardo Sánchez de Badajoz. Editorial Aljaima.

Las vetustas estaciones, las casitas de tren así como sus hoy solitarios andenes y apeaderos han sido testigo de importantes acontecimientos personales e históricos. Aquellos edificios que actualmente se encuentran en estado de semiabandono marcaron el destino de muchas personas, vidas humanas al fin y al cabo, que pasaron por aquí con sus alegrías, penas y miserias a cuestas, o, como en el caso del protagonista del relato que presentamos, con el miedo a morir en una guerra entre hermanos.

Con este y otros documentos que verán la luz en próximas entradas quiero rendir un homenaje a todos aquellos que, para bien o para mal, se dejaron jirones de su vida en estas peculiares construcciones de carbonilla. Construir la vía verde y conservar sus alegres edificios blanquirrojos supone no solo una apuesta definitiva por el turismo de la zona sino también recuperar nuestra memoria colectiva.

Luchemos, todos juntos, contra el alzheimer histórico.

¡Sigue leyendo esta entrada...!