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martes, 20 de enero de 2015

IV ENCUENTRO DE LA ACAF – VIAJE EN TREN CÓRDOBA-LA RODA

Los compañeros de la Asociación Cordobesa de Amigos del Ferrocarril están que no paran. Cada vez van a más. Ya advirtieron el año pasado que estuviéramos preparados para este, que pretendían hacer algo diferente. Y lo han hecho.
El encuentro de este año será el próximo 21 de marzo y sobre ruedas: Consistirá nada menos que un viaje por la línea Córdoba-Málaga, hasta La Roda de Andalucía. Y no, no será un viaje de esos súper-rápidos que se hacen hoy en día, será una verdadera excursión, como hay que hacer este tipo de viajes, parando en todas las estaciones, en las que desde hace algunos años, con esto de la Alta Velocidad, no para ningún tren de viajeros. Servirá, por tanto, para conocer o recordar cómo era la línea de Málaga y sus estaciones, con comida en la estación de Montilla y charla explicativa acerca de la línea.
 
Se trata de una línea muy relacionada con nuestra comarca, pues la de Córdoba a Belmez fue construida por la misma empresa, como continuación de la Córdoba-Málaga, con el fin de llevar a esta ciudad el carbón de las minas del Guadiato. Seguro que nuestro amigo José Antonio Ortega Anguiano nos hablará de todo ello en su más que interesante charla.
Este tipo de excursiones en tren, bastante habituales en otras zonas de España, se van abriendo camino por el sur. Hace unos años tuvimos por aquí el viaje de Almorchón a Espiel que organizó la Asociación Extremeña de Amigos del Ferrocarril (después ha organizado otros como Zafra-Jerez de los Caballeros, Elvas-Badajoz o Mérida-Badajoz) y ahora la ACAF se apunta a ello. Esperemos que se repita.
2012 - Tren especial de la AEAF en la estación de Peñarroya (Foto: J.M. Castaño)
En cuanto al programa para el próximo 21 de marzo, el punto de reunión para el registro de inscritos será la estación de Córdoba (junto a la Venta de Billetes). A las 9,30 de la mañana. A las 10,15 está prevista la salida del tren, con paradas alternativas en todas las estaciones del recorrido y con visita a la exposición fotográfica “Raíles del Pasado” en Puente Genil.
En el muelle cubierto de mercancías de la estación de Montilla será la comida, a las 14,15, y tras el habitual sorteo del obsequio de modelismo ferroviario de la Juguetería Técnica “Los Guillermos”, a eso de las 16,30 será la conferencia sobre la línea a cargo de José Antonio Ortega Anguiano, Licenciado en Historia y conocedor, como pocos, de la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, quien en alguna ocasión ha colaborado con nosotros en este blog.
Tras la charla se iniciará el viaje de regreso a Córdoba, con paradas en las estaciones que hayan quedado pendientes, y a las 19,45 acabará la jornada.

Estación de Montilla - Foto: Juan Pablo Bellido, en Montilla.es
Para inscribirse hay que hacer un ingreso de 35 € por asistente en la cta. cte. de Cajasur-BBK Bank: ES58 0237.6028.00.9154971429, especificando “IV Encuentro”, el nombre y, en su caso, nº de asistentes. Este precio incluye programa explicativo, viaje en tren, comida en restaurante, participación en el sorteo del obsequio de modelismo ferroviario y asistencia a la conferencia y exposición.
Después hay que enviar un correo a acaf.cordoba.es@gmail.com con nombre/s, DNI, Asociación o localidad de procedencia, copia del ingreso en cta. cte. o transferencia y fecha del mismo.
La fecha límite para inscripción será el 8 de marzo, aunque es muy posible que las plazas se acaben antes, así que a inscribirse pronto.
Por supuesto, los asistentes aceptan participar bajo la entera responsabilidad de cada uno, comprometiéndose a respetar las indicaciones de seguridad de la organización y el horario establecido en todo momento.
¡Nos vemos en el tren!

 
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jueves, 18 de abril de 2013

VOLVIENDO A LOS ORÍGENES

“¡Qué ganitas tengo!” Ha sido la frase más recurrente entre los que estamos en esto de La Maquinilla en los últimos meses.

Nos referíamos a las ganas que teníamos de que, por fin, dejara de llover, que mejorase el tiempo y que volviéramos a las actividades que más nos demandan: los temas relacionados con el ferrocarril, las vías verdes y nuestras vías verdes.

Los que nos siguen con asiduidad habrán visto que a lo largo del invierno no hemos abandonado lo de nuestras vías, pero que debido a las muchas lluvias, no nos hemos atrevido a convocar muchas actividades al aire libre más allá del mantenimiento de “nuestros arbolitos”, con los alumnos del instituto de Belmez.

Sí, ha sido un invierno de actividades “de salón”, lo que se ha acentuado con el tratamiento de lo relativo al patrimonio industrial. Hemos considerado que la gravedad de lo que estaba sucediendo, el darlo a conocer y los contactos con otras asociaciones andaluzas con las mismas inquietudes, merecían nuestra atención preferente.

Pero sí, ahora volvemos a los orígenes. Parece que el invierno ha pasado, y si el verano llega cuando tiene que llegar y no aprieta mucho la caló, tenemos por delante un par de meses para los que tenemos programadas diversas actividades.

Asistentes al II Encuentro de la ACAF, ante el Puente de Hierro de Mirabueno
Y como anticipo de todo ello, el auténtico regreso a los orígenes fue la estupenda jornada del pasado domingo organizada por la Asociación Cordobesa de Amigos del Ferrocarril.

Como ya anunciamos, este año estaba dedicada al ferrocarril Belmez-Córdoba. Casi cien entusiastas de estos temas se reunieron para visitar algunos puntos de la vía férrea, con sus oportunas explicaciones, y asistir por la tarde a varias ponencias sobre la línea y una proyección del viaje que en 1990 organizó la ACAF.

Para quien no conozca este mundillo de las asociaciones de amigos del ferrocarril, lo primero que hay que contar es que se trata de gente de todo tipo, con el ferrocarril como pasión común. Y cuando digo pasión tal vez me quede corto. Se encuentra gente venida de toda España (pudimos hablar con asociaciones de Málaga, Huelva, Sevilla, Valencia, Ciudad Real…) y aunque pueda parecer que es monotemático, nada más lejos de la realidad, pues lo mismo se habla de historia, que de modelismo, de la Renfe, de tecnología o del AVE de Medina a la Meca. No hay lugar para el aburrimiento.

"Rastreando" las vías de la estación de Obejo
En este caso, lo que más llamó la atención fueron los muchos asistentes que, de alguna forma, habían trabajado en esta “nuestra” línea, y lo conocidísima que es en todo el país por sus fuertes pendientes del tramo de Córdoba a Cerro Muriano. Sin duda, lo más entrañable fueron los relatos de los mayores sobre cómo tenían que tomar impulso con sus locomotoras de vapor en las más duras rampas del recorrido, de tal modo que en ocasiones tenían que dejarse caer hacia atrás, para volver a intentarlo (y todo ello arrastrando trenes de más de 500 toneladas).

Tuvimos también ocasión de conocer a Joaquín Lucena, el protagonista del accidente de La Balanzona que contamos en este blog allá por septiembre del año pasado (ver “De Córdoba a Cerro Muriano”), que nos contó de primera mano cómo sucedió todo, que fue su primer día de maquinista y que escapó vivo de milagro.

También fueron muchos los que se refirieron al difícil paso del “Puente de Hierro”, motivo del cartel de este año, y hasta nos contaron como se hizo la fotografía a primeras horas de la mañana. Nada improvisada, por cierto.

En la estación de El Vacar (todas las fotos son de Álvaro Olivares)
Y por la tarde, a partir de las cuatro y media, una primera toma de contacto con la historia de la línea, que como ya dijimos en su día, fue a cargo de nuestra asociación (hay que reconocer que teníamos mucho miedo con esta presentación por el altísimo nivel de los asistentes); y después una detallada exposición de José A. Ortega Anguiano sobre los sistemas de seguridad que se utilizaron en su día para detener (o despeñar) los trenes en la bajada de Cerro Muriano a Córdoba, cuando se quedaban sin frenos, un sistema que no ha tenido otro igual en el mundo.

Tras la proyección del mencionado vídeo, la sesión la cerró el presidente de la ACAF, Álvaro Olivares, pasadas las ocho y media de la tarde, lo que pone de manifiesto los interesantes debates que se suscitaron en torno a la línea Belmez-Córdoba, que sin duda se hubieran alargado hasta altas horas de la noche.

Desde aquí felicitamos a la directiva de la ACAF por la magnífica jornada que nos hicieron pasar y los animamos a la organización de la próxima.

Presentación de las ponencias en el salón de actos de la Diputación
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sábado, 27 de agosto de 2011

MI PADRE FUE ARROLLADO POR UN TREN

En otra ocasión hablaré con más detenimiento del amigo José Antonio Ortega Anguiano, uno de los mejores conocedores de la línea de Belmez a Córdoba (si no el que más). Por ahora me voy a limitar a publicar un relato que escribió en memoria de su padre. Su título completo es "Mi padre fue arrollado por un tren. Crónica de un sencillo accidente", y narra unos hechos en la línea de vía estrecha entre Peñarroya y Fuente Obejuna.

Estación de Fuente Obejuna
Mi padre siempre estaba hablando de la guerra contándonos miles de vivencias y de anécdotas una vez y otra que ya sabíamos de memoria, pero, aquella noche, en El Vacar, en la casa de campo de mi hermana, cuando apenas si le quedaban un año o dos de vida, nos habló de todo aquello con una dimensión inédita a la que nunca se había aproximado, entre otras cosas, porque nos contó hechos que jamás habíamos oído antes y nos reveló sentimientos que perennemente había guardado para que no afloraran.

Comenzó, sin venir a cuento, con un “a mí me arrolló un tren”, que fue recibido por la familia con una mirada furtiva de estupor y la incredulidad que produce en cualquiera la afirmación taxativa de un viejo. Lo había atropellado el tren y nunca nos lo había contado… Había que prestar atención para que después pudiésemos murmurar a sus espaldas sobre su capacidad de reinterpretar todo lo que le había pasado, porque nunca contaba una misma cosa como lo había hecho en un momento precedente. Dispuestos a reírnos a su costa nos fuimos sentando en torno al fuego de la chimenea. “Fue cuando yo estaba destinado como cabo de cocina en el frente de Peñarroya”, dijo sin dejar de mirar las llamas. Esto último sí que lo sabíamos ya, por lo que intuimos que la historia iba a discurrir por los mismos parámetros en los que se encuadraban eternamente sus relatos. O sea, que al final nos iba a contar algo ya sabido... 

“Iba en una camioneta de Intendencia a comprar comida a Fuente Obejuna con el conductor y dos soldados más. Yo iba sentado en la cabina y los otros dentro de la caja. Al llegar a un paso a nivel se nos echó encima el tren de vía estrecha de Fuente del Arco a Puertollano y nos arrastró un puñado de metros por delante”. 

Pues no, aquello no lo había contado nunca, pero, no encajaba y había que comenzar las puntualizaciones… ¿No habían visto al tren? “Es que el camino estaba excavado en una trinchera para ponerlo a ras con la vía que estaba embutida en otra también alta y no había visibilidad. Además, el cruce estaba en una curva y por eso no lo vimos”.
Bueno, había sorteado la primera prueba, pero, ¿había habido algún herido? Y a él, ¿le había ocurrido algo? Pues no, “no le pasó nada a nadie”.
Ser arrastrado por un tren es una cosa seria. ¿Cómo era posible tanta suerte? “Los compañeros no tuvieron ni un rasguño”, dijo para aseverar otra vez lo que acababa de confirmarnos y luego sacó su segundo as de la manga. 

“La verdad es que a mí sí”, expresó mientras los demás nos sumergíamos en una nueva posibilidad de descubrir que aquello no se ajustaba a la verdad por lo descabellado de haberlo mantenido oculto durante una vida entera cuando siempre había sido tan buen conversador y un magnífico cronista de sí mismo. “Cuando el tren pudo pararse y terminamos de dar volteretas, yo me quedé con la cabeza metida entre los pedales de freno sin poder sacarla”, dijo y todos dimos una carcajada. “La camioneta estaba volcada sobre un lado y yo tenía los pies para arriba y la cabeza entre los frenos sin poder sacarla”, repitió de nuevo cuando reprimimos nuestras risas para que siguiera.

“Los compañeros que iban detrás salieron despedidos y el conductor se zafó de allí cuando pudo desembarazarse del revoltillo en que habíamos quedado cuando se detuvo el tren. Entonces, se pusieron de pie sobre el costado del vehículo para ayudarme. Comenzaron a tirar de mí por los tobillos, que me asomaban por fuera de la ventanilla del acompañante, pero, la cabeza no salía y empecé a dales gritos diciéndoles que me la arrancaban”, comentó gesticulando mientras todos prorrumpimos en otra carcajada. 

“Al final, no me acuerdo cómo, la saqué, me salí de la cabina como pude y comenzaron los interrogatorios mutuos y a mirarnos los unos a los otros mientras nos rodeaban el maquinista, el fogonero, el jefe de tren y dos o tres operarios que servían de guardafrenos en el convoy de mercancías que había ocasionado aquello. Una vez convencidos todos de que no había pasado nada, me dio un ataque de nervios...” dijo, y otra vez empezamos a reírnos mientras él, la boca de medio lado esbozando su maravillosa sonrisa, completaba el panorama de lo dicho. “No me había matado el tren y me iban a matar aquellos cabrones tirándome de los pies...”, decía mientras provocaba otra vez nuestra hilaridad. 

“Estuve dos o tres días en el hospital militar de Córdoba hasta que me recuperé...”, siguió diciendo y, como hacía siempre, nos contó otra vez lo mismo fraccionándolo en trozos que no conservaban su cronología primigenia, así que, como ocurría en estos casos, nos fuimos levantando de su lado y nos distribuimos por el salón de la casa manifestando un interés que no teníamos ya mientras le hacíamos ver a duras penas que seguíamos un anárquico relato que ya conocíamos.

Deseando que acabase pronto, y mientras algunos habíamos comenzado ya a charlar entre nosotros de otra cosa, nos obligó a mantener de nuevo la atención cuando nos dijo: “pero, ahí no acabó la cosa”. Vaya, otra historia más, pero esta vez nadie se sentó a su lado porque no iba a ser más interesante que el relato de un protagonista que es atropellado por un tren, de cuya autenticidad habíamos dudado en un principio, pero, del que sabíamos ahora que era cierto aunque lo hubiese magnificado mediante el perfecto control que tenía de lo que contaba. 

“Meses después tuvimos que ir a Fuente Obejuna a ver al Juez...” ¿Para qué?, nos preguntamos. “Era un accidente grave y eso tiene un juicio”, nos aclaró. “Nos dieron permiso en el frente. Llegamos una mañana muy temprano. Buscamos un bar que estuviese abierto ya para tomar café y encontramos uno. Había poca gente. Nos sentamos los cuatro en una mesa y, cuando nos sirvió, le preguntamos al dueño por la calle a la que teníamos que ir. Al poco, llegaron dos hombres que se quedaron en la barra”.
“Cuando acabamos, llamamos al dueño para pagarle. Se acercó y nos dijo que estábamos invitados. Nos extrañamos... Allí no nos conocía nadie. “Lo han pagado aquellos señores”, dijo señalando a los dos que habían entrado tras nosotros y se volvió a meter tras el mostrador. 

Y mi padre, que si algo le sobraba era extroversión, seguridad en sí mismo y afán de protagonismo, se levantó y se fue hasta donde estaban ellos.
“Señores: no nos conocemos... ¿A qué se debe esto?”, les preguntó y los otros le miraron abatidos. “Somos el maquinista y el fogonero del tren”, le respondieron. “Ah, les dije yo, pues nada, si nos han invitado ustedes, ahora les tenemos que convidar nosotros”.

Se sentaron a la mesa y pidieron seis copas de anís. Cuando dieron el primer sorbo, el maquinista les miró y les dijo: “Señores: tengo cuatro hijos...” Mi padre y sus acompañantes le miraron intensamente y el hombre captó la mezcla de sorpresa y anonadamiento que les había producido aquella confesión a bocajarro. “Nos ha citado el juez ¿Qué van a contarle ustedes?”, les preguntó. 
Mi padre se autoerigió otra vez en portavoz del grupo y comenzó a hablar de que “nosotros vamos a decir lo que pasó y nada más. Faltaría más... “Es que tengo cuatro hijos”, nos dijo otra vez el maquinista” y mi padre le contestó que “ellos no tuvieron la culpa. Que fue una cosa inevitable...”

Quizá fuera que no se había explicado bien o que yo no había sido capaz de adivinar cómo eran las piezas del rompecabezas del relato que él había guardado sabiamente para hacernos que mantuviésemos el interés, pero lo cierto es que le pregunté que a qué venía aquello de “los cuatro hijos del maquinista” y la pregunta de aquel hombre sobre lo que mi padre y sus compañeros iban a declarar en aquella vista.
Le cambió la faz poniendo un gesto grave. “Estábamos en guerra”, aclaró, “y la camioneta era un vehículo militar que había sido atacado...”


El maquinista y el fogonero salieron absueltos. Hasta puede que fuese un milagro que no los hicieran santos después de que mi padre le hablase al juez de lo buenas personas que eran y de la ausencia de intenciones antifranquistas de los dos conductores de la máquina...

Mi padre no decía mentiras cuando hablaba de lo que le ocurría. Sólo exageraba a veces o magnificaba lo contado.
Mi padre jamás reprimió su afán de quedar bien con cualquiera hasta el punto de rayar en el ámbito del esperpento.
Mi padre no era humilde cuando manifestaba su bondad, pero, qué más da si la tenía...
Mi padre era un buen maestro de la vida y yo no tuve la suerte de ser su alumno más aventajado, pero, qué más da si me quería y le quería...

José Antonio Ortega Anguiano

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