domingo, 7 de agosto de 2011

VACACIONES EN TREN BOTIJO

Dice el diccionario de la RAE que un tren botijo es, familiarmente, un tren de recreo, el que en el verano traslada por precios muy económicos a viajeros con destino a algunas poblaciones de la costa.
Al poco tiempo de inaugurarse la línea de Belmez a Córdoba la prensa provincial ya se hacía eco en sus anuncios de que las estaciones de Alhondiguilla y El Vacar eran las más adecuadas para ir al balneario de Villaharta, hacia donde partían diariamente carruajes al objeto de que los viajeros fueran allí a “tomar las aguas”.

Anuncio del Diario de Córdoba de 1917
Se pueden considerar a estos viajeros como los primeros turistas que utilizaron nuestros trenes para hacer viajes de placer o con fines terapéuticos, algo hasta entonces prácticamente desconocido en la comarca, cuya pujante burguesía comenzó a hacer estas excursiones como algo habitual en todos los veranos.
Con el tiempo los viajes al balneario siguieron anunciándose, construyéndose hoteles y pensiones para alojar a los numerosos huéspedes que acudían al lugar, lo que ponía de manifiesto que algo iba cambiando en la sociedad de la época, en la que el ferrocarril se empezaba a utilizar también para el divertimento de las gentes.

Balneario de Santa Elisa, en Villaharta - 1925 
No obstante, no podemos hablar de este tipo de viajes como algo generalizado a finales del siglo XIX y principios de XX, pero la implantación del descanso dominical obligatorio y las sucesivas reducciones de la jornada laboral iniciaron lo que después se conocería como “sociedad del ocio”, que si hasta entonces había estado reservada sólo a algunos privilegiados, con el tiempo iría impregnando a todas las capas sociales.

Buen ejemplo de ello fue lo que sucedió con los llamados baños de mar, pues muy pronto las grandes compañías establecieron tarifas especiales en determinados trenes (normalmente correos o mixtos y entre el 1 de julio y el 15 de septiembre) para que quien lo deseara pudiera ir a las playas de Valencia, Alicante, Murcia, Málaga, Cádiz o Huelva. En contra de lo que pudiera pensarse, estas ofertas iban destinadas a las clases medias y bajas pues, salvo excepciones, sólo se hacían para trenes mixtos, en segunda y tercera clase, al considerar que los viajeros de primera bien que podrían pagarse sus billetes sin rebaja alguna.

Además, las compañías, cual modernas agencias de viajes, ofertaban la posibilidad de alquilar la casa donde hospedarse al mismo tiempo de comprar el billete.
Anuncio del diario La Época de 1868
Claro que, del dicho al hecho, lo de viaje de placer es mucho decir, al menos visto desde la perspectiva de hoy en día. Este es el relato de uno de esos viajeros que allá por el año 1894 tomó uno de los trenes botijo desde Badajoz a Málaga, un viaje que pasaba por nuestras tierras, enlazando las líneas de MZA (Badajoz-Almorchón-Belmez) y Ferrocarriles Andaluces (Belmez-Córdoba-Puente Genil-Málaga). En el relato nos introduce también el término “Tren Carreta” que, volviendo al diccionario de la RAE, sería el que marcha a poca velocidad y se detiene en todas las estaciones, generalmente refiriéndose a los trenes mixtos.
Dice así:

"(...) Para venir de Badajoz a Málaga es necesario andar “mucha tierra” y en tren carreta...
¡Tren carreta! Así se llama hoy a lo que hace cincuenta años se hubiera tenido por imposible maravilla, al viajar en galera, y no acelerada, a cuyo lado los coches-diligencia representaron un marcadísimo progreso...
Y es que el hombre siempre anhela un más allá... aún a costa de choques, descarrilamientos y otras caricias de los ferrocarriles y de su descuidada y mala administración.
Salir de Badajoz a las ocho de la mañana y llegar a Córdoba a las nueve cuarenta minutos de la noche, o sea, recorrer 305 kilómetros en unas diez horas no es ir a paso de galápago.
Lo malo es el trasbordo en Almorchón, por lo molesto del cambio de coches y de traslación de los bultos que se llevan en la mano, entre ellos el de la cesta de la merienda, que no debe omitirse nunca, por si acaso hay un retraso, que haga pasar hambre antes de llegar a la suspirada “parada y fonda”.
Se descansa en Córdoba una noche, si hay que hacer viaje rápido, y a la mañana siguiente, a las seis, otra vez al tren.
Y tras un trasbordo en Puente Genil y otro no recuerdo donde, se llega, es decir, se debe llegar a Málaga a las doce y cuarenta de la tarde, habiendo recorrido 193 kilómetros en seis horas y minutos.
He dicho que “se debe llegar” a la estación de Málaga a las doce cuarenta; y con efecto no se llegó a esa hora reglamentaria, porque el tren estuvo detenido tres en Cercadilla el 14 de los corrientes, no se sabe por qué."
Aquí está mi abuela con sus hermanos en la playa de Alicante, en el verano de 1920. 
El viaje lo hicieron desde Belmez en tren botijo, como no podía ser de otro modo
No eran mucho mejores los viajes de regreso, así narraba el trayecto de Córdoba a Peñarroya D. Rodolfo Gil, un viajero que a principios del siglo XX iba con destino a Lisboa:

"La barraca, estación de Cercadilla, era una sartén, Córdoba un horno. Bañado de sudor el rostro, los viajeros, que no tenían donde guarecerse de aquel sol de justicia que les hacía maldita la gracia, corrían de un lado para otro y se movían como azogados hasta encajonarse en el interior negruzco y sucio de los vagones del tren de Almorchón.
El ambiente era de asfixia. Entre el calor y el olor que de sí despedían mis compañeros de viaje pensé morir. Fueron unas horas horribles las que invertimos en subir la empinadísima pendiente de la Sierra. Las dos máquinas enanas que remolcaban los coches desmayábanse entre las breñas de las cuestas. ¡Qué lentitud!.
Como si fuésemos en tren de recreo regido por nuestro capricho en su marcha, algunos viajeros, al llegar a determinados sitios, apeábanse del vagón tranquilamente y sin riesgo, cogían madroños y flores silvestres y, aún sin apresurarse, alcanzaban el convoy. Aquello más que un tren arrastrado por una máquina de vapor era un burro manchego que fatigosamente ascendía y de vez en vez paraba en firme.
Con ojos reventones e inyectados en sangre, como si la atmósfera caliginosa fuese mano de hierro que nos estrangulara, nos apoyábamos en las ventanillas y sacábamos fuera de la portezuela el cuerpo, ansiosos de respirar a pleno pulmón. (...)
El tren escapa a todo correr, escorando el encuentro con los pueblos de la serranía y del Valle de los Pedroches. En su fragor las minas le cortan el paso, le detienen, le aprisionan cuanto más pueden, arrojan sobre sus lomos la enorme carga de los minerales.
Los resoplidos de la máquina son menos fuertes. Las chimeneas de los pozos despiden nigérrimas turbonadas de humo. Hemos llegado a la entrada de la Sierra. El convoy descansa unos minutos. Estamos en la cuenca carbonífera de Belmez.
La hulla todo lo invade, los ruedos, los caminos, los muelles de las estaciones; hasta las cornisas y tejados de las casas sube aquel polvillo que negrea como el ébano y brilla como la mica. Los malacates se ven en plena actividad; el espectáculo es el mismo que se ofrece a los observadores donde quiera que la fiebre de los negocios mineros aturde y empuja a las gentes. Al igual, la población obrera aumenta por años, se multiplica como en sueños y a la postre los conglomerados de casucas, de cabañas improvisadas, pierden el carácter de barriadas y truécanse en municipios.
Ahí está, al lado de Belmez, en esa cuenca famosa, Pueblonuevo del Terrible, Peñarroya... y cuantos se han formado de éstos por el estilo en la región."

2 comentarios:

  1. Leyendo este último párrafo… ¡Hasta a mí me ha entrado el sofoco! Mis felicitaciones J.A. Torquemada.
    http://otodonaire.blogspot.com

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  2. Precioso y preciso relato de una situación que viví en varias ocasiones. Porque cuando el tren traspasaba la estación de Belmez y se adentraba en la de Cámaras Altas, camino de Los Pedroches, comenzaba el serpenteo de la sierra que tras Peñasblancas llegaba a la estación minera de El Soldado, después de atravesar empinadas trincheras ferroviarias que también sirvieron para otros fines de triste recuerdo en la guerra civil del 36. Y aunque algún ferroviario no me lo admite, yo también experimenté el "riesgo" de bajar del convoy en marcha y volver a subir; sobre todo en sentido contrario cuando el tren transportaba mineral par la fundición de El Terrible. ¡Eso lo habrá soñado usted, me dijo en una ocasión un trabajador de la vía estrecha! No me gustó mucho su respuesta, he de confesarlo; pero tan solo le contesté: ¡Pues las bofetadas de mi madre por tales "hazañas", también debí soñarlas!

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